Otra lección
Para Euclides Niño
Él me observaba con su recia e inquisitiva mirada, al parecer presto a iniciar otro más de sus interminables monólogos, repletos de anécdotas, consejos y advertencias previsoras; siempre con ese afán de hacer de su descendencia personas mejores que él. Con esa voz gruesa, casi ronca, que mantenía la tranquilidad y la atención de todos, iniciaba hablando de las dificultades de su infancia, de su propia rebeldía que lo hizo famoso en varias tierras, de cómo conquistó y cómo se llevó a su esposa fuera de ese pueblito santandereano a la gran ciudad.
Dignas de un libro, sus historias quedaron grabadas en sus hijos, sus nietos, y en quienes se atrevían a atravesar su camino. Ese día yo lo miraba expectante, lista a saber algo más de ese padre enorme y, a veces, distante, de grueso bigote y pulcro peinado. Se sentó a mi lado con una sonrisa misteriosa. De un pequeño maletín de cuero, algo brillante y agudo salió de sus manos. Ese día me enseñó a cortar cabello.